Atilio Borón

¿Fin de cuál ciclo? por Atilio Borón

CBST Noticias.- Fueron muchas y muchos los que a mediados de esta década y en coincidencia -¿casual, involuntaria?- con el despliegue de la ofensiva restauradora del imperio se apresuraron a anunciar el “fin del ciclo” progresista en Latinoamérica.

La derrota del kirchnerismo en el 2015 y el ilegal e ilegítimo derrocamiento de Dilma Rousseff en 2016 así como el grotesco juicio y encarcelamiento de Lula aparecían como signos inequívocos del inicio de un nuevo ciclo histórico.

Sólo que los profetas de esta epifanía jamás se aventuraron a arriesgar algo muy elemental: ¿qué venía después? Terminaba un ciclo, bien, pero: ¿quería esto decir que comenzaba otro? Silencio absoluto.

Dos alternativas. O bien adherían a las tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia, cosa absurda si las hay; o como los más audaces insinuaban, con fingida preocupación, estábamos al comienzo de un ciclo largo de gobiernos de derecha.

Digo fingida porque, hipercríticos con los gobiernos del ciclo supuestamente en bancarrota in pectore preferían la llegada de una derecha pura y dura que, supuestamente, acentuaría las contradicciones del sistema y mágicamente abriría la puerta a quien sabe qué … porque, sorprendentemente, ninguno de esos acerbos críticos del ciclo progresista hablaba de revolución socialista o comunista, o de la necesidad de profundizar la lucha antiimperialista.

Por lo tanto, su argumento meramente retórico y academicista moría en la mera certificación del presunto cierre de una etapa y nada más.

Ahora bien: todos esos discursos se derrumbaron abruptamente en las últimas semanas.

En realidad, ya venían cuesta abajo desde el inesperado triunfo de López Obrador en México y su tardía incorporación al “ciclo progresista”.

Su victoria demostraba que si bien herido seriamente éste no había muerto.

La debacle del macrismo y su casi segura derrota en las presidenciales de octubre de este año y la reciente revelación de las ilegales e inmorales argucias fraguadas entre el corrupto juez Sergio Moro y los fiscales del poder judicial brasileño para enviar a la cárcel a Lula asestan un duro golpe a los dos puntales sobre los cuales reposaba el inicio del supuesto ciclo “pos-progresista”.

En la Argentina los macristas esperan lo peor, sabiendo que sólo un milagro los salvaría de una derrota. Y Bolsonaro está al borde del abismo por la crisis económica del Brasil y por haber designado como super-ministro de justicia a un letrado inescrupuloso que da un rotundo mentís a su pretensión de ofrecer un gobierno transparente, impoluto, inspirado en los más elevados principios morales del cristianismo que le inculcaron los pastores de la iglesia evangélica cuando -apropiada y oportunísticamente- lo rebautizaron en el río Jordán como Jair “Mesías” Bolsonaro.

Las filtraciones de los chateos por WhatsApp y conversaciones entre Moro y los fiscales dadas a conocer por The Intercept , amén de las múltiples denuncias por corrupción en su contra y sus hijos, revelan que este santo varón llamado a lavar de sus pecados a la política brasileña no es otra cosa que el jefe de una banda delictiva, un impostor, un charlatán de feria, un energúmeno cuyos días en el Palacio del Planalto parecen estar contados.

Y mantener a Lula en prisión será cada día más difícil habida cuenta de la farsa jurídica perpetrada en su contra y ahora exhibida a plena luz del día. Y Lula libre es un peligro de marca mayor para el actual gobierno de Brasil.

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¿Se trata de que sólo Argentina y Brasil están incumpliendo con los pronósticos de los teóricos del “fin de ciclo”? No.

¿Qué decir del desastre colombiano, una verdadera “dictablanda” pseudoconstitucional donde según el tradicional periódico El Tiempo “durante los primeros 100 días de mandato del presidente Iván Duque se han registrado 120 asesinatos de líderes”, un baño de sangre comparable o peor que el de las dictaduras que asolaron países como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay en los setentas y ochentas (https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/el-mapa-de-los-lideres-sociales-asesinados-en-colombia-184408).

Y qué decir del caso del Perú, en donde todos sus ex presidentes desde 1980 (Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Alan García están presos, fugados o suicidados, lo que junto con la catástrofe colombiana y la deserción de México humedeció irreparablemente la poca pólvora que quedaba en manos del “Cartel de Lima” como lacayo regional del Calígula estadounidense.

Mismo el caso chileno no está exento de dudas toda vez que la deslegitimación de su sistema político ha llegado a niveles sin precedentes.

En efecto, ante la escandalosa capitulación de esa frágil democracia frente a los grandes intereses corporativos, en cuyo nombre exclusivamente se gobierna, la mayoría de la población adulta ha optado por el abstencionismo electoral con el consecuente vaciamiento del proyecto democrático.

En pocas palabras: lo que supuestamente vendría una vez consumado el agotamiento del “ciclo progresista” es por lo menos problemático y está muy lejos de constituir una alternativa superadora del “extractivismo” o el “populismo” que supuestamente habrían caracterizado los gobiernos precedentes.

Lo anterior no debe interpretarse como una aseveración de que el ciclo iniciado con el triunfo de Chávez en las presidenciales de diciembre de 1998 en Venezuela prosigue su marcha imperturbable. Mucho ha sufrido en los últimos tiempos.

El cambio en el clima económico internacional le juega en contra; la obra de destrucción llevada a cabo por Macri, Piñera, Duque, Bolsonaro y la infame traición de Moreno, esa verdadera “armada Brancaleone” que Trump y su predecesor instalaron en Latinoamérica, ha socavado muchos de los avances del pasado.

Pero la realidad es porfiada y un traspié no es derrota, como tampoco lo es un retroceso puntual. El viejo topo de la historia prosigue incansable su labor, favorecido por la exasperación de las contradicciones de un capitalismo cada vez más salvaje y predatorio.

La larga marcha por la emancipación de nuestros pueblos -que nunca fue lineal e invariablemente ascendente- sigue su curso y acabará por desalojar a esos gobiernos entreguistas, reaccionarios y cipayos que hoy agobian a Latinoamérica y nos avergüenzan ante el mundo. Y no habrá que esperar mucho para verlo.

 

Fuente: AVN

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Atilio Borón

En serio ¿Hay una revolución en Venezuela? por Atilio Borón

CBST Noticias.-  Un par de recientes viajes a España e Italia me ofrecieron la posibilidad de conversar con muchos intelectuales, académicos y políticos del menguante arco progresista que aun existe en esos países.

Luego de repasar la inquietante situación europea y el avance de la derecha radical mis interlocutores me pedían que les hablase de la actualidad latinoamericana, pues, me aseguraban, les costaba comprender lo que allí estaba ocurriendo.

Recogiendo el guante yo comenzaba por reseñar la brutal ofensiva restauradora del Gobierno de Donald Trump contra Venezuela y Cuba; proseguía pasando revista a la desgraciada involución política sufrida por Argentina y Brasil a manos de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro y los alentadores vientos de cambio que provenían de México.

La centralidad de las próximas elecciones presidenciales que tendrían lugar en octubre en Argentina, Bolivia y Uruguay y finalizaba esta primera ojeada panorámica de la política regional denunciando la perpetuación del terrorismo de estado en Colombia, con cifras espeluznantes de asesinatos de líderes políticos y sociales que causaban sorpresa entre mis contertulios por ser casi por completo desconocidas en Europa, lo cual dice mucho acerca de los medios de comunicación ya definitivamente convertidos en órganos de propaganda de la derecha y el imperialismo.

Al detenerme para brindar información más pormenorizada sobre los criminales alcances de la agresión perpetrada en contra de la República Bolivariana de Venezuela siempre surgía, como si fuera un cañonazo, la siguiente pregunta: pero, dinos: ¿Se puede realmente hablar de una revolución en Venezuela?

Mi respuesta siempre fue afirmativa, aunque tenía que ser matizada porque las revoluciones -y no solo en Venezuela- siempre son procesos, nunca actos que se consuman de una vez y para siempre.

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Impresionado por una visita que hiciera a la Capilla Sixtina para contemplar, una vez más, la genial obra de Miguel Ángel se me ocurrió pensar que para muchos de mis interlocutores -y no solo europeos- la revolución es algo así como el pintor florentino representaba la creación del hombre o de los astros: Dios, con un gesto, una mirada ceñuda, un dedo que apunta hacia un lugar y ¡he ahí el hombre, allí está Júpiter, allá la revolución!

Esta suerte de “creacionismo revolucionario” sostenido con religioso ardor incluso por contumaces ateos -¡que en lugar de Dios instalan en su lugar a la Historia, con hache mayúscula, bien hegeliana ella!- contrasta con el análisis marxista de las revoluciones que desde Marx, Engels y Lenin en adelante siempre fueron interpretadas como procesos y jamás como rayos que caen en un día sereno para dar vuelta, irreversiblemente, una página de la historia.

Siguiendo con la analogía inspirada en la Capilla Sixtina uno podría decir que contra el “creacionismo revolucionario”, expresión de un idealismo residual profundamente anti-materialista, se impone el “darwinismo revolucionario”.

Es decir, la revolución concebida como un proceso continuo y evolutivo de cambios y reformas económicas, sociales, culturales y políticas que culminan con la creación de un nuevo tipo histórico de sociedad.

En otras palabras: la revolución es una larga construcción a lo largo del tiempo, en donde la lucha de clases se exaspera hasta lo inimaginable.

Un proceso que desafía al determinismo triunfalista de los «creacionistas» y que siempre se enfrenta a un final abierto, porque toda revolución lleva en su seno las semillas de la contrarrevolución, que solo puede ser neutralizada por la conciencia y la organización de las fuerzas revolucionarias.

Esta sería la concepción no teológica sino secular y darwinista -es decir, marxista de la revolución. Y no está demás, anticipándome a mis habituales críticos, recordar que no por casualidad Marx le dedicó el primer tomo de El Capital a Charles Darwin.

Las revoluciones sociales, por consiguiente, son acelerados procesos de cambio en la estructura y también, no olvidar esto, en la superestructura cultural y política de las sociedades. Procesos difíciles, jamás lineales, siempre sometidos a tremendas presiones y debiendo enfrentar obstáculos inmensos de fuerzas domésticas pero sobre todo del imperialismo estadounidense, guardián último del orden capitalista internacional.

Esto ocurrió con la Gran Revolución de Octubre, y lo mismo con las revoluciones en China, en Vietnam, en Cuba, en Nicaragua, en Sudáfrica, en Indonesia, en Corea.

La imagen vulgar, desgraciadamente dominante en gran parte de la militancia y la intelectualidad de izquierda, de una revolución como una flecha que sube a los cielos del socialismo en línea recta es de una gran belleza poética pero nada tiene que ver con la realidad.

Las revoluciones son procesos en donde las confrontaciones sociales adquieren singular brutalidad porque las clases e instituciones que defienden el viejo orden apelan a toda clase de recursos con tal de abortar o ahogar en su cuna a los sujetos sociales portadores de la nueva sociedad.

La violencia la imponen los que defienden un orden social inherentemente injusto y no los que luchan por liberarse de sus cadenas.

Eso lo estamos viendo hoy en Venezuela, en Cuba y en tantos otros países de Nuestramérica.

Dicho lo anterior, ¿cuál fue mi respuesta a mis interlocutores?

Sí, hay una revolución en marcha en Venezuela y la mejor prueba de ello, la más rotunda, es que las fuerzas de la contrarrevolución se desataron en ese país con inusitada intensidad. Una verdadera tempestad de agresiones y ataques de todo tipo, que solo pueden comprenderse como la respuesta dialéctica a la presencia de una revolución en vías de construcción, con sus inevitables contradicciones.

Es por eso que un test infalible para saber si en un país hay un proceso revolucionario en curso lo brinda la existencia de la contrarrevolución, es decir, de un ataque, abierto o solapado, más o menos violento según los casos, destinado a destruir un proceso que algunos “doctores de la revolución” consideran como un inofensivo reformismo o a veces ni siquiera eso.

Pero los sujetos de la contrarrevolución y el imperialismo, como su gran director de orquesta, no cometen tan gruesos errores y con certero instinto procuran por todos los medios poner fin a ese proceso porque saben muy bien que, cruzada una delgada línea de no retorno, el restablecimiento del viejo orden con sus exacciones, privilegios y prerrogativas sería imposible.

Aprendieron de lo ocurrido en Cuba y no quieren correr el menor riesgo.

¿Es una revolución aún inconclusa la que hay en Venezuela? Sin dudas. ¿Enfrenta gravísimos desafíos por las presiones del imperialismo y por déficit propios, por el cáncer de la corrupción o por algunas políticas gubernamentales mal concebidas y peor ejecutadas? Indudable.

Pero es un proceso revolucionario que tendencialmente apunta hacia un final que es inaceptable para la derecha y el imperialismo, y por eso se lo combate con saña feroz.

En Colombia, en cambio, las fuerzas de la contrarrevolución actúan de la mano del Gobierno para tratar de aplastar a la revolución en ciernes que se agita del otro lado de la frontera.

¿Están aquellas fuerzas operando para derrocar a los gobiernos de Honduras, Guatemala, Perú, Chile, Argentina, Brasil? No, porque en estos países no existen gobiernos revolucionarios y por lo tanto el imperio y sus peones se desviven por apuntalar esos pésimos gobiernos.

¿Operan en contra de Venezuela? Sí, y con el máximo rigor posible, aplicando todas y cada una de las recetas de las guerras de V Generación, porque saben que allí sí se está gestando una revolución.

¿Y por qué tanto encono en contra del Gobierno de Nicolás Maduro? Fácil: porque Venezuela posee la mayor reserva petrolera del planeta y es junto a México uno de los dos países más importantes del mundo para Estados Unidos, aunque sus diplomáticos y sus paniaguados de la Academia y los medios rechacen con burlas este argumento.

Es ocioso enfadarse con ellos porque esa gente simplemente está cumpliendo el papel que les fuera asignado y por el cual son generosamente recompensados.

Venezuela tiene más petróleo que Saudiarabia, y además muchísima más agua, minerales estratégicos y biodiversidad. Y además, todo a tres o cuatro días de navegación de los puertos estadounidenses.

Y México también tiene petróleo, agua (sobre todo el acuífero de Chiapas), grandes reservas de minerales estratégicos y, como si lo anterior fuera poco, es país fronterizo con Estados Unidos.

Un imperio que se cree inexpugnable al estar protegido por dos grandes océanos pero que se siente vulnerable desde el sur, donde una extensa frontera de 3.169 kilómetros es su irremediable talón de Aquiles que lo coloca frente a frente con una Latinoamérica en perpetuo estado de fermentación política en pos de su segunda y definitiva Independencia.

De ahí la importancia absolutamente excepcional que tienen esos dos países, cuestión esta incomprensiblemente subestimada aun por gentes de izquierda ¿Y Cuba? ¿Cómo explicar los más de 60 años de ensañamiento en contra de esta heroica isla rebelde? Porque ya desde 1783 John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, reclamaba en una carta desde Londres (donde había sido enviado para restablecer los lazos comerciales con el Reino Unido) que dada la gran cantidad de colonias que la Corona británica poseía en el Caribe había que anexar sin más demora a Cuba a los efectos de controlar la puerta de entrada a la cuenca caribeña.

Cuba, excepcional enclave geopolítico, es una vieja y enfermiza obsesión estadounidense que arranca muchísimo antes que el triunfo de la Revolución Cubana.

Pero la ofensiva contrarrevolucionaria no se detiene en los tres países arriba nombrados.

También arrecia contra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, que logró una prodigiosa transformación económica, social, cultural y política convirtiendo a uno de los tres países más pobres del hemisferio occidental (junto a Haití y Nicaragua) en uno de los más prósperos y florecientes de la región, según atestiguan organismos tales como la Cepal, el Banco Mundial o la prensa financiera mundial.

Recuperó el control de sus riquezas naturales, sacó a millones de la pobreza extrema y, además, lo hizo con Evo Morales, un miembro de una de sus etnias originarias fungiendo como Presidente, un logro histórico sin parangón en esta parte del mundo.

Y Nicaragua también está en la línea de fuego, porque por más defectos o errores que pueda tener la Revolución Sandinista la sola presencia de un gobierno que no esté dispuesto a ponerse de rodillas frente al Calígula americano (como hacen Macri, Bolsonaro, Duque y compañía) es más que suficiente para desatar todas las furias del infierno en contra de su gobierno.

Y, además, está la crucial -en términos geopolíticos- cuestión del nuevo canal bioceánico que podrían construir los chinos y que constituye un verdadero escupitajo en el rostro de quienes se reapoderaron del Canal de Panamá y lo saturaron, otra vez, con bases militares prestas a sembrar muerte y destrucción en nuestros países.

Termino recordando una sabia frase de Fidel cuando dijo que “el principal error que cometimos en Cuba fue creer que había alguien que sabía como se hacía una revolución”. No hay un manual ni un recetario. Son procesos en curso.

Hay que fijar la vista no solo el momento actual, en los desconcertantes relámpagos de la coyuntura que hoy agobian a Venezuela, sino también visualizar la dirección del movimiento histórico y tener en cuenta todas sus contradicciones.

Al hacer esto, no cabe duda que en Venezuela se está en medio de un convulsionado proceso revolucionario que, ojalá, y «por el bien de todos», como decía Martí, termine prevaleciendo sobre las fuerzas del imperio y la reacción.

Nuestra América necesita esa victoria. Todo esfuerzo que se haga para facilitar tan feliz desenlace será poco.

 

Fuente: Rebelión

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Trump y Hitler

Trump, émulo de Hitler

CBST Noticias.- Los acontecimientos de estos últimos días en Venezuela corroboran, por enésima vez pero ahora con total descaro, la intención de Washington de apoderarse de aquel país estableciendo allí un protectorado neocolonial a cualquier precio.
La rueda de prensa de John Bolton del 30 de abril es prueba fehaciente de lo que decimos.
Mentiroso serial, actuó y habló con absoluto desprecio por la Carta de las Naciones Unidas que establece claramente el principio de la autodeterminación de las naciones y condena toda tentativa de someter una de ellas a la voluntad de otra.

Lo que dijo ese cobarde hampón de opereta -de quien se puede decir lo que Jorge Luis Borges dijera de los militares argentinos: “No oyó en su vida silbar una sola bala”- reposa sobre una premisa excluyente: “Maduro debe irse” y Juan Guaidó, que según Washington es el presidente legítimo de Venezuela, debe asumir sus funciones cuanto antes.

Según este turbio consejero de Seguridad Nacional de Donald Trump, los días de Maduro están contados y apenas se sostiene en el poder gracias a una constelación de fuerzas internacionales completamente ajenas al juego democrático y a la voluntad de la ciudadanía venezolana.

En su exposición este despreciable supremacista señaló a los tres actores que según él sostienen a Maduro: las tropas cubanas, unas 22 o 25.000 y que son las que realmente controlan a las Fuerzas Armadas Bolivarianas, transformando a los médicos cubanos en tropa de combate; los colectivos, esas “pandillas de matones en motocicleta”, también ellos creación de La Habana y “otras fuerzas externas” que, poco más adelante, sugeriría que entre ellas sobresale Rusia.

“Nosotros necesitamos” -dijo en su declaración inicial antes de las preguntas- “una Venezuela gobernada por su pueblo y no por fuerzas externas, y eso es lo que estamos buscando”.

En su intervención Bolton mencionó once veces a Cuba o “los cubanos”, algo absolutamente inusual y que revela que el objetivo de esta escalada de agresiones y de intervencionismo trasciende la patria de Bolívar y Chávez y tiene objetivos múltiples que incluyen a la isla rebelde y Nicaragua, explícitamente fulminadas como “la troika de las tiranías” en las Américas.

El presidente Trump, dijo Bolton, “quiere ver una transferencia de poder pacífica de Maduro a Guaidó” sin más dilaciones. Quienes apoyen a Maduro, y muy particularmente los que no son venezolanos, deben saber que “todas las opciones están sobre la mesa.”

Otro actor

Al día siguiente Mike Pompeo, otro hampón -que por su apellido y hasta por su apariencia física parece un sobreviviente de la banda de Al Capone- que para vergüenza de EE.UU. funge como Secretario de Estado avanzó en su ataque a otro de los “factores externos”, Rusia.

Esto motivó la contundente respuesta de la Cancillería de ese país que le recordó que “la injerencia de Washington en los asuntos de Venezuela es una violación flagrante del derecho internacional…. Esta influencia destructiva no tiene nada que ver con la democracia”.

Su mente crecientemente ofuscada por sus palabras hizo que Bolton tornara cada vez más frecuentes sus ataques a Cuba.

Los colectivos supuestamente creados por los cubanos fueron mencionados cinco veces en la rueda de prensa, y también dijo otro disparate mayúsculo: que el general Padrino López y el Estado Mayor de las FAB reportan a La Habana y que es desde allí donde reciben las órdenes para actuar.

Rusia también fue objeto de críticas y comentó que se le había advertido al impertérrito Vladimir Putin que su involucramiento con el “régimen” venezolano era motivo de enorme preocupación en Estados Unidos. Ya mencionamos la respuesta del gobierno ruso a esta sarta de dislates.

De lo anterior se infiere que estamos aproximándonos a una situación decisiva para el futuro de las luchas emancipatorias en América Latina y el Caribe. No solo Venezuela sino Cuba y también Nicaragua están bajo la mira y son ya un objetivo militar de Estados Unidos.

La complicidad de los “demócratas” de la región con este intento de apoderarse de Venezuela es repugnante, como también lo es el silencio cómplice y cobarde de los gobiernos europeos, vasallos indignos de un Calígula desquiciado y su entorno de fanáticos criminales dispuestos a lo que sea.

Mienten impúdicamente y a sabiendas, pero mentir y difamar es un capítulo crucial del manual de operaciones de desestabilización que la Casa Blanca ha leído y aplicado en innumerables ocasiones. Recuérdese que hablaban del sofisticado armamento que Cuba y la URSS habían introducido en República Dominicana durante el corto gobierno de Juan Bosch.

Cuando en abril de 1965 se produjo la invasión los 44.000 marines se encontraron con un ejército dominicano munido de armas obsoletas, rezagos de la Segunda Guerra Mundial, y un pueblo que los repelía con machetes, piedras y palos.

Estrategias repetidas

Mintieron para crear un clima de opinión favorable al golpe contra Joao Goulart en Brasil en 1964, contra Salvador Allende en 1973, contra Maurice Bishop y el Movimiento Nueva Joya en Granada en 1983, cuando también se habló de la presencia cubana y de sofisticados armamentos cuidadosamente ocultos en casas especialmente adaptadas para tal fin. Nunca se las encontró.

Y mintieron también cuando denunciaron la existencia de armas de destrucción masiva en Iraq, que jamás fueron halladas.

Y antes, en 1945, cuando dijeron que no había rastros de radioactividad en Hiroshima y Nagasaki luego del bombardeo atómico. Por lo tanto, el gobierno de Estados Unidos, maldición de todos los pueblos libres del mundo, miente por default.

Y ahora están mintiendo alevosamente sobre la situación en Venezuela y el papel de Cuba en ese país. Cuentan para ello con la complicidad de los medios hegemónicos, convertidos en pestilentes cloacas donde se dice cualquier cosa que pueda destruir la reputación de un enemigo del imperio.

Día y noche sin parar excretan sus mentiras con indignante impunidad y con total desprecio de lo que debería ser un juramento hipocrático de periodistas (y también de académicos e intelectuales) que no puede ser otro que “decir las verdades y denunciar las mentiras”, en la sucinta enunciación hecha por Noam Chomsky.

Pero no. Las voces de tantos y tantas vestales de la república y la democracia que han acosado a cuanto gobierno progresista se haya asomado en esta parte del mundo permanecen en ignominioso silencio.

Revelan de ese modo su deshonrosa condición de lenguaraces a sueldo del imperio. Desnudan que su independencia y profesionalismo no es tal y que sus palabras están fatalmente contaminadas con el sucio dinero del gánster de la Casa Blanca que quiere culminar el latrocinio que ya ha comenzado en Venezuela apropiándose de sus activos internacionales (oro en Inglaterra, la CITGO en Estados Unidos, etcétera).

Y lo mismo vale para los responsables de los organismos internacionales. ¿Qué dice el señor Antonio Gutérres, secretario general de la ONU, ante groserías como las pronunciadas por Bolton? Para ni hablar de Luis Almagro, el secretario general de la OEA, que compite cabeza a cabeza con Lenín (a) “Donald” Moreno en la torva disputa para establecer quién es el traidor y el corrupto mayor de Nuestra América. La lista sería interminable.

Cómplices todos: el periodismo “serio”, los intelectuales sofisticados y de refinados modales que hacen gala de una falsa objetividad, los domesticados académicos del mainstream, los burócratas internacionales y los gobernantes de aquí y de Europa nada dicen de una operación que cada día más se asemeja a la anexión de Austria y de los Sudetes por Hitler en 1938, ante la pasividad -y con la complicidad- de la “comunidad internacional”, eufemismo para evitar hablar de los lacayos del emperador.

Partícipes necesarios y encubridores de un crimen porque lo que ya ha ocurrido en Venezuela con las sanciones económicas, el despojo de sus riquezas en el exterior y la agresión a la vida cotidiana de venezolanas y venezolanos, privados de energía eléctrica, agua, transporte y otros bienes básicos configura un crimen de lesa humanidad.

Martí, en su deslumbrante clarividencia, denunció la adicción de la Casa Blanca al saqueo y el pillaje. Los norteamericanos, aseguraba el Apóstol, “creen en la necesidad, en el derecho bárbaro como único derecho: esto es nuestro, porque lo necesitamos”.

Necesitamos el petróleo de Venezuela porque es un insumo irremplazable de nuestra maquinaria militar y cuando en el mundo no haya una gota de ese recurso, cuando nuestros enemigos se queden sin él, nosotros lo tendremos y podremos imponer nuestro dominio mundial sin contrapesos.

Como lo necesitamos, será nuestro, por las buenas o por las malas. Esta y no otra es la razón excluyente por la que el noble y bravo pueblo venezolano está sufriendo la agresión del imperialismo.

En su célebre libro Hegemonía o supervivencia, Noam Chomsky sentó la tesis de que Washington tiene un proyecto de dominación mundial aún más ambicioso que el Tercer Reich de Hitler.

Muchos pensaron en su momento que el gran lingüista norteamericano deliraba. Sin embargo, los hechos posteriores le dieron la razón.

Contra ese plan que hoy lideran Trump y sus compinches se enfrentan los pueblos libres de todo el mundo, con el de Venezuela en la primera línea de combate.

Por consiguiente, la solidaridad internacional con su lucha es un imperativo moral inescapable para todas las mujeres y todos los hombres de buena voluntad.

 

Por Atilio Borón

 

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recomiendo leer el articulo:ACOTACIONES SOBRE EL GOLPE FRUSTRADO EN VENEZUELA (Por Dr. Atilio A. Boron* )

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 Hace poco más de un año la derecha fascista venezolana lanzaba una nueva ofensiva dirigida a provocar la “salida” del presidente Nicolás Maduro.

 La “salida” era un eufemismo para designar una convocatoria a la sedición, es decir, la destitución por medios violentos, ilegales y anticonstitucionales del mandatario legal y legítimamente electo por el pueblo venezolano.

Esta iniciativa fue rodeada por un halo de heroísmo por la prensa de derecha de todo el continente, que con sus engañifas y sus “mentiras que parecen verdades” -según la perspicaz expresión de Mario Vargas Llosa- intentó concretar una audaz  operación de alquimia política: convertir a un grupo de sediciosos en épicos “combatientes de la libertad”. Todo esto, naturalmente, fue alentado, organizado y financiado desde la Casa Blanca quea la fecha aún no ha reconocido el triunfo de Maduro en las elecciones presidenciales del 14 de Abril del 2013.

Washington ha sido en cambio veloz como un rayo para bendecir la elección de Otto Pérez Molina, un general guatemalteco involucrado en una macabra historia de represión genocida en su país; o para consagrar la elección de Porfirio Lobo en un fraudulento proceso electoral urdido por el régimen golpista que destituyó al presidente legítimo José Manuel “Mel” Zelaya y sumió a Honduras en un interminable baño de sangre.

 Pero una cosa son los amigos y otra muy distinta los enemigos o, mejor dicho, los gobiernos que por no arrodillarse ante los úkases imperiales se convierten en enemigos.

 La República Bolivariana de Venezuela es uno de ellos, al igual que nuestra Cuba, Bolivia y Ecuador.

 Al desconocer el veredicto de las urnas Washington no sólo transgrede la legalidad internacional sino que, además, se convierte en instigador y cómplice de los sediciosos cuya obra de destrucción y muerte cobró la vida de 43 venezolanas y venezolanos (en su gran mayoría chavistas o miembros de los cuerpos de seguridad del estado).

En estas últimas semanas Estados Unidos ha redoblado sus esfuerzos desestabilizadores, pero levantando la apuesta.

Si antes procedía a través de una pandilla de sediciosos que en cualquier país del mundo estarían en la cárcel y sentenciados a cumplir durísimas condenas, hoy desconfía de sus peones venezolanos, toma el asunto en sus propias manos e interviene directamente.

Ya no son aquellos obscenos paniaguados del imperio, tipo Leopoldo López, María Corina Machado o Henrique Capriles los que impulsan la desestabilización y el caos, sino la propia Casa Blanca.

Un imperio “atendido por sus dueños” que descarga una batería de medidas de agresión diplomática y sanciones económicas que se montan sobre la campaña de terrorismo mediático lanzada desde los inicios de la Revolución Bolivariana hasta llegar, en los días pasados, a promover un golpe de estado en donde las huellas de la Casa Blanca aparecen por todos lados.

 Respondiendo a esas imputaciones la vocera del Departamento de Estado Jen Psaki dijo que eran “ridículas” y que “los Estados Unidos no apoyan transiciones políticas por medios no-constitucionales.

Es obvio que la vocera es una mentirosa serial y descarada o, hipótesis más benévola, padece de una grave enfermedad que le ha borrado la memoria de su disco duro neuronal.

 Para repararlo bastaría con invitarla a que vea un despacho de la CBC News que muestra a una de sus superiores, la Secretaria de Estado Adjunta para Asuntos Euroasiáticos, Victoria Nuland, conversando amablemente con los neonazis que ocupaban la Plaza Maidan de Kiev y exigían la renuncia del Presidente Viktor Yanukovich, cosa que lograron pocos días después luego de una serie de violentas acciones.

 Más tarde las bandas neonazis del Pravy Sektor atacaron un local sindical en Odessa donde se agruparon los opositores al golpe perpetrado en Ucrania, le prendieron fuego y quemaron vivos una treintena de personas mientras desde afuera disparaban contra quienes trataban de huir del edificio en llamas.

 Esos bandidos, alentados por Washington con la presencia de Nuland, actuaron al igual que los criminales del Estado Islámico cuando capturaron a un piloto del avión caza jordano, lo encerraron en una jaula y le prendieron fuego. 1 Ver la nota en http://www.cbsnews.com/news/us-victoria-nuland-wades-into-ukraine-turmoil-overyanukovich/

Esto fue una atrocidad incalificable, lo otro un lamentable incidente que apenas si mereció un comentario del Departamento de Estado.

 Por último, habría que recordarle a la desmemoriada vocera que fue el propio Presidente Barack Obama quien dijo que Estados Unidos “en ocasiones tuerce el brazo a los países cuando no hacen lo que queremos”.

 Venezuela desde 1998 no hace lo que Washington quiere, y por eso trata de torcerle el brazo con una parafernalia de iniciativas dentro de las cuales ahora vuelve a incluirse, como en el 2002, el golpe militar.

 Algunos podrían objetar que la denuncia del gobierno bolivariano es alarmista, infundada y que no hubo tentativa golpista alguna.

Quienes piensan de ese modo ignoran (o prefieren ignorar) las lecciones de la historia latinoamericana.

 Estas demuestran que los golpes de estado siempre comienzan como acciones puntuales, aparentemente insensatas y alocadas de un grupo, y que no deben ser tomadas en serio. Es más: se suele acusar a los gobiernos   Obama pronunció esa desgraciada (pero sincera) frase en un reportaje concedido a VOX. Verhttp://actualidad.rt.com/actualidad/166016-obama-torcer-brazos-paises que desbaratan o denuncian este tipo de actividades-¡que son el embrión del golpe de estado!- como irresponsables que llevan zozobra a la población viendo fantasmas donde hay tan sólo un pequeño núcleo de fanáticos que desean llamar la atención de las autoridades.

 En todo caso, ¿cómo olvidar la labor preparatoria de la derecha venezolana cuando pocas semanas atrás invitó a los ex presidentes Andrés Pastrana, Felipe Calderón y Sebastián Piñera para visitar a Leopoldo López, con el pretexto de participar en un foro sobre el empoderamiento de la ciudadanía y la democracia? O cuando da a conocer un comunicado conjunto firmado por los principales líderes fascistas venezolanos: Leopoldo López, María Corina Machado y Antonio Ledezma, oportunamente fechado el 14 de Febrero y que luego de un diagnóstico apocalíptico de la realidad venezolana termina diciendo que “ha llegado la hora del cambio.

 El inmenso sufrimiento de nuestro pueblo no admite más dilaciones.” En todo ese comunicado sólo se utilizan los términos que son marca registrada de la Casa Blanca: “transición, cambio de régimen” sin la menor alusión al referendo revocatorio, dispositivo institucional de recambio de gobierno previsto en la constitución chavista e inexistente en los países de los ex presidentes arriba mencionados, pese a lo cual se acusa a Venezuela de ser un “estado totalitario” a la vez que los países que no disponen de semejante cláusula son caracterizados como ejemplares democracias, cuyos presidentes pueden ir a la República Bolivariana a dar lecciones de democracia.

¿Por qué no se alude a ese recurso? Porque ni Washington ni sus secuaces piensan en un cambio dentro de la legalidad “golpe parlamentario”, como el que derrocó a Lugo, o en uno “judicial”, como el que precipitó la caída de Zelaya.

¡Olvídense de la constitución! Recapitulando: tenemos la voluntad de Washington para acabar con el proceso bolivariano, como lo hicieron en tantos otros países; están también las tropas de choque locales, la derecha fascista o fascistoide que cuenta con un impresionante apoyo mediático dentro y fuera de Venezuela; y apareció también la vanguardia golpista que fue descubierta y desbaratada por el gobierno de Maduro.

 El texto íntegro puede consultarse en http://elimpulso.com/articulo/comunicado-de-lopez-machado-yledezma-en-2014-la-salida-era-urgente-en-2015-es-impostergable#. La técnica del golpe de estado enseña que hay que proceder metódicamente: siempre se comienza con un pequeño sector que toma la delantera y sirve para probar los reflejos del gobierno y la correlación de fuerzas en las calles y los cuarteles.

 Nunca son la totalidad de las fuerzas armadas y el bloque sedicioso quienes salen al ruedo y, al unísono, se sublevan en masa.

No fue eso lo ocurrido en contra de Salvador Allende en Chile. Fue la Infantería de Marina la que a primeras horas de la mañana del 11 de Septiembre ocupó las calles de Valparaíso, desencadenando una reacción en cadena que terminó con el golpe de estado. Lo mismo ocurrió con el derrocamiento de Juan Perón en la Argentina de 1955, cuando una guarnición de Córdoba se levantó en armas.

Y otro tanto se verificó en el Ecuador el 30 de Septiembre de 2010, cuando se produjo la insubordinación de la Policía Nacional que retuvo durante más de unas 12 horas en su poder al presidente Rafael Correa.

La inmediata reacción popular abortó el golpe, impidiendo que la vanguardia golpista recibiera el respaldo militar y político necesario para que el proceso rematara en el derrocamiento del presidente ecuatoriano.

 La inacción o la subestimación oficial ante lo que al principio aparece como una manifestación extravagante, minúscula e inofensiva de una patrulla perdida es lo que termina desencadenando el golpe de estado.

 Cabría preguntarse por las razones de esta desorbitada reacción del imperio, evidenciada no sólo en el caso de la República Bolivariana sino también en Ucrania.

La respuesta la hemos dado hace tiempo: los imperios se tornan más violentos y brutales en su fase de decadencia y descomposición.

 Esta es una ley sociológica comprobada en numerosos casos, comenzando por la historia de los imperios romano, otomano, español, portugués, británico y francés.

¿Por qué habría de ser la excepción Estados Unidos? Máxime si se tiene en cuenta que la decadencia norteamericana –reconocida por los principales estrategas del imperio- va acompañada por una rápida recomposición de la estructura del poder mundial, en donde el fugaz unipolarismo norteamericano que brotara de las ruinas de la Unión Soviética –un infantil espejismo alentado por Bill Clinton y George W. Bush y sus inefables asesores- y que anunciaba con bombos y platillos el advenimiento del “nuevo siglo americano” se deshizo como un pequeño pedazo de hielo arrojado en las ardientes arenas del Sahara. Sobre este tema es imprescindible consultar el estudio de Marcos Roitman Rosenmann, Tiempos de Oscuridad. Historia de los golpes de estado en América Latina (Madrid: Akal, 2013) 5 Desarrollamos esta tesis en nuestro América Latina en la Geopolítica del Imperialismo (ediciones varias en Argentina, Estado Español, Cuba, México, Venezuela y próximamente en Bolivia, Brasil y Ecuador).

Ahora el imperio tiene que vérselas con un mundo multipolar, con aliados más tibios y reticentes, tributarios cada vez más desobedientes y enemigos cada vez más poderosos.

En ese contexto Venezuela, la primera reserva de petróleo del planeta, adquiere una importancia esencial y la reconquista de ese país no puede demorarse mucho más. O, como dice el comunicado golpista de la derecha, “sin más dilaciones.”

 Una última referencia tiene que ver con los blancos escogidos por los frustrados golpistas para realizar sus bombardeos.

 Aparte de edificios gubernamentales clave la lista incluía las instalaciones de Telesur en Caracas. Se comprenden las razones detrás de este siniestro plan pues tantos los golpistas como sus instigadores, de afuera y de adentro del país, saben muy bien el fundamental aporte de Telesur en informar desdeuna perspectiva nuestroamericana y en despertar y cultivar la conciencia antiimperialista en la región.

Producto de la visión estratégica del Comandante Chávez, que concibió a esa empresa pública multinacional como un instrumento eficaz para librar la gran batalla de ideas en la que estamos empeñados, su gravitación internacional y su credibilidad no han dejado de crecer desde entonces.

 Su programación tiene un notable contenido informativo y educativo, y la capacidad de quienes allí trabajan ha permitido que millones de personas en todo el mundo puedan comprobar las mentiras propaladas por los medios del establishment. Mencionaremos sólo dos casos, de los tantos que podrían escogerse: el informe sobre el golpe de estado en contra de Zelaya, minuciosamente omitido por la televisión del sistema y cuando ya no podían ocultarlo lo tergiversaban; y el desenmascaramiento de la noticia que decía que la aviación de Gadaffi estaba bombardeando posiciones de indefensos civiles en la ciudad de Bengasi, cabecera de playa de la OTAN en su proyecto, desgraciadamente culminado exitosamente, de matar a Gadaffi y destruir Libia.

Mientras toda la prensa internacional mentía alevosamente el único medio que durante cuatro días dijo la verdad que luego todos debieron reconocer.

 Que no hubo bombardeos y que los supuestos civiles indefensos eran en realidad una sanguinaria pandilla de mercenarios lanzados al saqueo y el asesinato por Estados Unidos y sus compinches europeos.

 Por eso los fascistas tenían a esa empresa como objetivo a destruir. Y esto es un timbre de honor del cual los colegas y amigos de Telesur pueden enorgullecerse. Habría sido motivo de preocupación que hubieran desestimado a Telesur en sus planes golpistas. Pueden decir, con orgullo, el Quijote: “ladran Sancho, señal que estamos cabalgando.”

(*Investigador Superior del Conicet y Director del PLED Programa Latinoamericano de Educación a Distancia en Ciencias Sociales Centro Cultural de la Cooperación “Floreal Gorini” Corrientes 1543 – C1042AAB Buenos Aires, Argentina)

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