Las historias que nadie cuenta de los venezolanos que regresan después de emigrar

Daniel, migrante venezolano que regresó a VenezuelaDaniel, migrante venezolano que regresó a Venezuela

@CBSTinfo.- El éxodo venezolano empieza a volver a casa. En el último año, más de 15.000 ciudadanos han retornado a Venezuela, según la Cancillería. A raíz del fenómeno, el Gobierno creó el Plan Vuelta a la Patria, que ofrece vuelos gratuitos a Caracas desde varios países de América Latina. Y no da abasto. La lista de espera solo crece.

Hacer las maletas, malvender todo, rápido, creer que en cualquier otro lugar la vida será mejor. Habrá más oportunidades. La migración como objetivo, como necesidad inminente para evitar una catástrofe vital es el mantra en el que han depositado su fe una gran parte de venezolanos que han dejado su país en los últimos años.

No importa dónde. No importa qué. Lo único que importa es salir de unas fronteras que en muchos casos no permiten el desarrollo personal y familiar de una nueva (y no tan nueva) generación. El país está en crisis. Venezuela. Y el mensaje que sobrevuela la atmósfera es casi monogámico: hay que irse.La agencia de la ONU para los refugiados (ACNUR) calcula que más de 4 millones de venezolanos habrían salido del país desde finales de 2015. El organismo califica estos números como “alarmantes”. No hay datos oficiales del Gobierno que contrasten estas cifras pero lo cierto es que, intramuros, la conversación sobre el éxodo es común.

Todos conocen a alguien que se ha ido. O la clásica del primo, papá, hijo, sobrino o amigo de la infancia que se fue, que le va bien, o que no saben cómo le va pero que de vez en cuando manda unas remesas a la familia que tuvo que dejar.

De lo que casi no se habla en los grandes medios de comunicación es de los venezolanos que están regresando. Los motivos para la vuelta son diversos: el clásico de “no es oro todo lo que reluce”, la xenofobia imperante contra los migrantes en los países destino, que son eminentemente latinoamericanos. Una sensación generalizada extendida entre muchos de ellos es la de que “para pasarlo mal fuera, prefiero pasarlo mal en mi país, con mi familia”. Una lógica aplastante.

Venezolanos que emigran y vuelven a su país

El Gobierno de Nicolás Maduro ha puesto en marcha el denominado Plan Vuelta a la Patria. Funciona desde hace aproximadamente un año y se trata de un programa de asistencia a los venezolanos que quieren regresar y no tienen manera de hacerlo. Una vez de vuelta se les incluye en el sistema de protección social de la República. No hay requisitos necesarios para subirse a uno de estos vuelos salvo el de ser venezolano y querer volver.

Según datos de la Cancillería, un total de 15.856 connacionales han regresado hasta el momento en alguno de los vuelos del Plan. El país desde donde más venezolanos han regresado es Brasil, con un total de 7.285 repatriados, seguido por Perú (3.491) y Ecuador (3.242). Desde su puesta en marcha, el programa ha operado un total de 86 vuelos completamente gratuitos.

De Colombia, en concreto de la ciudad de Cali, regresó hace menos de un mes después de un año, Daniel, 29 años, con su mujer y su hijo, de cuatro. Ellos no volvieron con uno de estos vuelos del Gobierno sino de la misma manera en la que se fueron: en autobús, por sus propios medios. Ahorrando. Primero para irse, después para volver.Daniel cuenta su historia sentado en la casa que comparte con toda su familia (viven 8 personas entre hermanos, sobrinos, y demás familiares) en el popular barrio de Manicomio en Caracas. “Es la casa de mi papá, por eso no la vendí”, dice Daniel, de broma, pero en serio. Y se ríe.

Lo vendió todo para irse y tener un colchón por si acaso las cosas no iban bien cuando llegase a Cali. Allí le habían prometido un trabajo de lo suyo. Es camarógrafo, trabajó en televisión en Venezuela, maneja los platós de grabación, las grúas de cámara y el estrés del breaking news. Cuando su profesión dejó de darle una remuneración que le permitiese llegar a fin de mes (es la historia habitual del venezolano común. La crisis y la hiperinflación se comen los salarios y devalúan la moneda nacional), él y su esposa comenzaron a plantearse la idea de irse.

En Cali le dijeron que podría dedicarse a la parte audiovisual en la alcaldía. “Hasta tenían un dron”, cuenta. “Pero luego me di cuenta de que nada era lo que me habían prometido. El trabajo no existía y me topé con la realidad”.

Daniel y su familia eligieron Colombia porque es el país vecino y porque creían que culturalmente sería similar a ellos. El viaje en autobús ya fue una odisea. No consiguieron pasajes con ninguna agencia de viajes y tuvieron que pagarle una “vacuna”, una comisión, a un tipo que conocieron de casualidad y que les prometió meterles en un autobús rumbo a su destino.

Confiaron en él y llegaron a Cúcuta, en la frontera colombo-venezolana, y después a Cali tras horas de viaje en un transporte “deplorable”, según describe el propio Daniel. “En el camino, nos accidentamos como tres o cuatro veces”. Y cuenta una anécdota que dan ganas de sonreír y sudar frío a la vez. El autobús atropelló una vaca que se había salido del camino y la mató. Los pasajeros, unos veinte venezolanos, bajaron del transporte y comenzaron a cortar compulsivamente la carne del animal como podían y a meterla en potes o envases de plástico improvisados. La metáfora de la necesidad, o de la ansiedad, es espeluznante.Pagaron unos 30 dólares cada uno por ese viaje. “Lo más duro es darte cuenta de que muchas veces, el sueño que tú mismo te vendiste o que las redes sociales te vendieron, no existe”, explica Daniel. “Pero cuando lo entiendes ya estás allí y tienes que afrontar la situación”.

Sin el trabajo prometido, se puso a buscar lo que fuese. Consiguió solventar el alojamiento trabajando como albañil en la Iglesia de un pueblo cercano a la capital del Valle del Cauca. A cambio de eso, el cura les prestó un apartamento que pertenecía a la parroquia. Entre semana hacía algunos trabajos freelance que de vez en cuando le salían como asistente de un fotógrafo que conoció allí, y los fines de semana vendía chucherías en un abasto de alimentación.

“Mi hijo nunca se adaptó. Siempre estaba llorando porque echaba de menos a sus abuelos”. Aparte de eso, lo peor, según Daniel, fue sentir el rechazo de la gente.

“‘Cuidado, son venezolanos, te pueden robar’; eran cosas que escuchábamos todos los días”, explica. “Hay prejuicios, incluso entre los propios venezolanos. Éramos tantos ‘hermanos’ que todo era una competencia”.

El racismo contra los venezolanos parece casi una moda injustificable. En una ocasión, Daniel cuenta cómo su hijo le pidió ir a visitar un camión de bomberos en la estación del pueblo. Él conocía al jefe del parque y decidió acercarse. Pero su amigo no estaba en ese momento y a cargo había otro responsable que le preguntó si era venezolano. Cuando Daniel respondió que sí, la respuesta fue: “yo les odio a ustedes”.

“Imagina tener que lidiar con esa situación delante de tu hijo de cuatro años”.

No hace falta.

¿Qué viven los migrantes venezolanos?

Otra historia de ida y vuelta que estremece es la de Efrén Avellaneda. 53 años. Cantante y compositor de salsa. Él sí regresó hace poco más de un mes con uno de los vuelos del Plan Vuelta a la Patria desde Lima, Perú.

En su casa de Naiguatá, un pueblito costero como a cuarenta minutos de Caracas, enseña orgulloso todos sus discos y sus partituras con las letras de sus canciones. Viajó con todo eso en una maleta porque lo que quería era “internacionalizar” su música y buscar éxito en el extranjero cantando salsa. Esa maleta fue lo único que volvió con él después de que le robaran todo en la calle.

En Venezuela, Efrén siempre ha vivido de la música, pero la crisis tampoco perdona a la cultura así que se lanzó a la aventura de migrar al extranjero. Pasó primero por Bogotá donde aguantó tres meses: “allí vendí helados con un carrito, vendí café y cantaba en la calle. Decidí irme a Perú porque me dijeron que había más oportunidades pero la realidad es otra completamente distinta”, cuenta.

Desde el balcón de la casa de Efrén se ven las piscinas y los yates de dimensiones considerables del Club Puerto Azul, uno de los clubs privados más antiguos y exclusivos de Venezuela. Entrar allí no es apto para todos los públicos. Sólo la inscripción ronda los 30 mil dólares y las mensualidades son astronómicas. Mirar esa otra (ir)realidad mientras Efrén cuenta sus penurias de exiliado económico remueve el estómago hasta el vómito.

En Naiguatá Efrén vive con su mujer y su hija de 15 años. Dice que no entienden que haya vuelto, sobre todo su hija, adolescente, más preocupada por poder tener recursos y formar parte del círculo del “deber ser” de la juventud: consumo, ocio, fiestas, ropa, Instagram… que en las miserias de su padre.Pero Efrén está contento de estar de vuelta. “He engordado y tengo otra cara. Mírame”. En Lima trabajaba conduciendo un camión de 7 de la mañana a 11 de la noche y vuelta a empezar por 200 dólares al mes. “Son salarios muy bajos porque somos venezolanos y nos explotan y encima tenemos que estar agradecidos porque nos den la oportunidad, porque ahora no hay trabajo para nosotros”, explica.

Cuando discutió con su jefe por reclamar unas mejores condiciones laborales, le echaron; y sin ese salario dejó de poder pagar la pequeña habitación que alquilaba para dormir y se quedó en la calle.

Comenzó a dormir en parques, en soportales o donde podía para resguardarse del frío. Una noche le robaron todo y se derrumbó. “Estaba tan deprimido que me bloqueé y comencé a tirármele a los carros. Quería matarme. También me corté todo el cuerpo con una botella. Sólo quería morirme”. Efrén enseña los cortes profundos que todavía permanecen en sus brazos y por todo su cuerpo. Los tapa con una chaqueta a pesar del calor asfixiante que hace en la costa caribeña pero son cicatrices permanentes.

Efrén muestra sus cicatrices
© SPUTNIK / ESTHER YÁÑEZ ILLESCAS
Efrén muestra sus cicatrices

Una mañana de domingo llegó caminando a la Embajada de Venezuela en Perú y el guardia de seguridad le dijo que volviese al día siguiente porque al ser domingo, no había nadie en las oficinas. Se fue a un parque y con las pocas monedas que tenía en el bolsillo se compró unos bananos. “Me tumbé en un banco a descansar pero algo me decía que debía volver a la Embajada y fue lo que hice”, cuenta. Al regresar, casualmente, vio a un grupo de unos cuarenta venezolanos que estaban volviendo del aeropuerto. Eran los pasajeros del próximo vuelo del Plan Vuelta a la Patria que no había podido salir porque había habido algún problema con el combustible.

Efrén consiguió hablar con el embajador y le contó su caso. De inmediato le pusieron en la lista de pasajeros. Le dieron alojamiento durante tres días y el vuelo, finalmente, salió el miércoles. De esto hace pocas semanas pero su lustro y su psique son otros. Está cantando salsa, pone el Cigala en Youtube y juega a la pelota con su perro mientras responde a las preguntas de esta entrevista.

Ni Efrén ni Daniel volverían a irse. Lo que quieren ahora es apostar por Venezuela a pesar de la situación económica, que no mejora o mejora a cuentagotas. Y cuando escuchan a amigos o familiares decir que se van, les atajan. “Piénsalo”, les dicen. Cuentan su experiencia y tratan de dar consejos que en ocasiones sirven y en otras no tanto, pero que son historias de vida en primera persona frente a la adversidad.Los venezolanos que se han ido y que vuelven son relatos salvajes de frustración. De un sueño también americano que en un momento dado se tornó en un desvarío que parecía irremediable. Hacer las maletas no es fácil aunque la prensa internacional y los titulares mainstream lo edulcoren como un viaje de aventuras y oportunidades de sonrisa blanca y perfecta. La tónica es idealizar lo ajeno frente a lo propio hasta el machaque final que normalmente suele venir acompañado de un pozo negro de vergüenzas y maltrato. Volver comienza a ser más que necesario.

Leer Más

Madre venezolana

#LoÚltimo Xenofobia colombiana pide control de natalidad para migrantes venezolanas

CBST Noticias.- Recientemente fue publicada una columna en El Tiempo de Colombia, donde la periodista Claudia Palacios propuso al gobierno de ese país que aplique medidas de “control de natalidad” selectivas contra las mujeres migrantes desde Venezuela.

En el texto, la periodista se ufanó en reseñar que Colombia tendrá más “difícil” el “desarrollo” dado el “problema” de que las venezolanas en dicho país se siguen “reproduciendo como lo están haciendo”.

Palacios agregó, intentando hacer un ejercicio de distinción entre las políticas públicas de Colombia y Venezuela y en un tono socarrón, que “acá no es como en su país, y qué bueno que no lo es”.

La referencia apuntó a que las mujeres venezolanas van a “reproducirse” (unos animales, pues) en Colombia, alentadas por las políticas sociales de Venezuela, que durante años han creado protecciones y medidas de apoyo a las mujeres gestantes y a grupos socioeconómicamente vulnerables.

No es para menos que esta publicación se encuentre en el centro del debate por ser considerada una reacción claramente xenófoba.

Además de ello, podría considerarse una reacción de clara aprorofobia, si entendemos que lejos de tratar el asunto desde una perspectiva científica y demográfica, la columna de Claudia Palacios se refiere concretamente a las mujeres pobres como una afrenta u obstáculo al “desarrollo” de Colombia, desconociendo al mismo tiempo todas las inercias estructurales que han mantenido a Colombia como uno de los países con mayor desigualdad y con índices bastante deplorables de pobreza.

Pero sobre dicha publicación hay más tela que cortar.

Sobre el argumento endeble de la xenofobia

Según la nota de Palacios, se desprende la intencionalidad de hacer ver que, en efecto, las mujeres venezolanas paren mucho más que las colombianas. La autora trata de retratar de manera estigmatizante, por un lado, que parir es necesariamente malo y que además de ello las venezolanas lo hacen de manera descontrolada a diferencia de las colombianas.

Sin embargo ambos países tienen registradas estadísticas sobre la Tasa de Fecundidad en el Sistema de Naciones Unidas, donde pueden apreciarse datos concretos, tal como aparecen en la página Index Mundi para Colombia y Venezuela. La Tasa de Fecundidad en Colombia es de 1.85 hijos por mujer, y en Venezuela ese indicador es de 2.32 hijos por mujer para el año 2016.

Tales cifras explican que, aunque la Tasa de Fecundidad en Venezuela es más alta, no hay tanta diferencia con respecto a Colombia. Ahí se cae el argumento de que las venezolanas paren desproporcionadamente.

Sin embargo, la composición demográfica de ambos países es un explicativo de las medidas de protección que Venezuela implementó durante años de bonanza y continúa implementando, pese al bloqueo económico, sobre las mujeres gestantes. Ambos países se encuentran en bono demográfico, es decir, que la población en edad económicamente activa es superior a la población económicamente dependiente (niños y ancianos). Pero en ambos países la pirámide poblacional se está invirtiendo, la población está envejeciendo, incluso más rápidamente en Colombia. La población en mayores a 55 años, es de 16.04% y en Venezuela es de 14.62%.

Lea también: Únete a la tendencia #GuaidoLadron por trama de corrupción

Venezuela, en el Plan de Desarrollo Económico y Social de la Nación de 2007, previó la tendencia demográfica de que la población mayor superara a la población económicamente activa en las próximas décadas, un factor claramente inherente al desarrollo de las fuerzas económicas. Por tanto, la política pública venezolana asumió medidas para atenuar un impacto inminente, desde un enfoque claramente deslindado al de Colombia, donde refieren que la causa del subdesarrollo es que las mujeres tengan hijos, aunque para ellos, por estadística demográfica, el envejecimiento de la población sea una bomba de relojería.

Ello implica que la publicación de Claudia Palacios está enmarcada dentro de la lógica de que las mujeres, sobre todo las de estratos populares, no deben tener hijos. Una vía expedita habitual para referir las “culpas” económicas en las personas de a pie, pero omitiendo el gran saqueo sostenido por las élites, que confinan a millones a la pobreza, mientras ellos obtienen los beneficios de un ordenamiento económico hecho a la medida.

En todo caso y en otro orden de ideas, Palacios tampoco se toma la molestia en reseñar que en Venezuela hay más de 5 millones de colombianos e hijos de colombianos que han nacido en Venezuela. Una cifra por mucho significativa, si entendemos que Venezuela es un país con unos 31 millones de ciudadanos según estimaciones del Instituto Nacional de Estadística para 201

La periodista Claudia Palacios hace ver que el nacimiento de hijos de venezolanas en Colombia podría parecer desproporcionado, un ingrediente adicional a la narrativa de la “enorme” presencia de venezolanos en ese país. En efecto, CNN, donde también Claudia Palacios laboró, ha referido cifras que señalan 1 millón 100 mil venezolanos en Colombia, cifras que además son refutadas por el gobierno venezolano al considerarlas infladas. Lo curioso de esto, es que hacen ver como “enorme” a dicho volumen de población, en un país con 47 millones de ciudadanos, pues esa es la cifra de población en Colombia para 2016 según el ente que rige la materia.

Veamos bien la relación matemática: 5 millones de colombianos en un país de 31 millones, versus 1 millón 100 mil (si tal cifra fuera exacta) en un país de 47 millones. Es obvio que el exabrupto matemático se explica solo.

En Colombia los venezolanos son el 2.7% de la población. En Venezuela los colombianos son el 16% de la población. Por ende, hay que imponerle “políticas de control de natalidad” a las venezolanas. Cinismo es una palabra que define esta situación.

Hiperpropagandización, estigma y aporofobia

En realidad, tan endeble, chovinista y tristemente célebre publicación de El Tiempo, viene como consecuencia de un fenómeno que ya tiene años en la escena regional. Es el proceso de hiperpropagandización de la cuestión venezolana. Es un proceso que va desde medios hasta vocerías políticas y gobiernos. Consiste en hablar de Venezuela como tema de primer orden en la política interna de varios países de la región.

Con ello se ha construido un artefacto narrativo multipropósito. Hablar de Venezuela y de Maduro, del chavismo, sirve para apoyar la agenda estadounidense de control sobre Venezuela, para estigmatizar a la izquierda regional, para ganar elecciones en algunos países, o sirve, incluso, para tapar los problemas de la política interna en países como Colombia, Ecuador y Perú.

La excesiva referencia a Venezuela, a los venezolanos, aunada a una significativa migración desde la cuenca del Caribe hacia varios países a causa del bloqueo económico y la pugna interna, ha derivado en la construcción de una narrativa que por defecto semiótico ha recaído en los migrantes venezolanos como expresión concreta de “Venezuela” como “problema”.

Para empezar, porque hablar de Venezuela, referirse a venezolanos o propagandizar la cuestión de la migración venezolana (para atacar a Maduro), hace ver la migración venezolana más grande de lo que es en cifras. Ocurre una alteración de la percepción del público en los países vecinos, en la que “se ven demasiados venezolanos por todas partes” cuando por matemática no son tantos, una percepción alentada también desde las redes sociales.

Ese es entonces un ingrediente fundamental de la detonación de los chovinismos nacionales. Países que recibieron poca o nula migración o con poca tradición en ello, lidian ahora con una importante migración real de venezolanos, que es además exagerada, hiperpropagandizada y reutilizada en la política interna de dichos países. Este caldo de circunstancias se traduce por asociación en reacciones claramente estigmatizantes que señalan a los migrantes venezolanos como un problema.

Son precisamente los venezolanos, desposeídos muchos de ellos, quienes en el extranjero son objeto de aporofobia y lidian hoy con las consecuencias de una narrativa desproporcionada y falaz, que criminalizó no solo al gobierno de su país, sino a ellos mismos como expresión de un “problema regional” y una “carga”.

De hecho, en muchos casos los venezolanos han sido usados como chivos expiatorios, incluyendo en las situaciones más insólitas.

Hay dos ejemplos de ello. Desde hace un par de años, políticos peruanos y medios de comunicación han justificado la pobreza estructural y la carencia crónica de servicios en ese país, adjudicándola ahora a la presencia venezolana como causa de su perenne colapso.

En otro ejemplo más insólito, Alejandro Ordoñez, embajador de Colombia ante la OEA, dijo en plena sesión del Consejo Permanente que la migración venezolana era parte de “una agenda global para irradiar en la región el socialismo del siglo XXI”, un señalamiento que recae de manera infame sobre los migrantes venezolanos, paradójicamente antichavistas en su inmensa mayoría.

Lo cierto es que en estas instancias, las fragmentaciones de las narrativas que otrora marcaron la agenda regional, alcanzaron su cenit con el fin del ciclo progresista latinoamericano y se ha abierto ahora un ciclo de políticas sumamente recalcitrantes, donde el auge regional de la derecha ha desatado los discursos y señalamientos más agudos, sin tanto disimulo en los argumentarios.

La marca de Donald Trump parece patentarse en la esfera regional mediante imitadores que pretenden destacarse, como Jair Bolsonaro, y otros personajes políticamente incorrectos como Iván Duque, quien pretende azuzar un conflicto militar en Venezuela.

Frente a esas instancias, la publicación de Claudia Palacios viene a ser un agregado más de vocerías más envalentonadas que se sienten en el contexto y en las condiciones adecuadas para hacerlo. Una consecuencia obvia del asedio a Venezuela. Asumen que es momento de golpear la identidad venezolana, lo hacen desde todos los frentes, y ahora lo hacen contra nuestras mujeres. Tiempos de ignominia.

Fuente: Misión Verdad

Leer Más

Un comediante mexicano rompe una foto de Trump en pleno programa de televisión (+VIDEO)

El actor y comediante Omar Chaparro cantaba una de sus canciones durante una entrevista con Juan Carlos Arciniegas, cuando vio una revista en cuya portada aparecía el magnate estadounidense Donald Trump y decidió improvisar. Tomó la revista e hizo como si le estuviera cantado al precandidato, pero al final de la canción rompió la foto. “Perdón, ¿para qué me lo pones aquí?”, dijo al final el artista.

Leer Más

Las Galletas Oreo son el nuevo enemigo de Donald Trump

Galletas Oreo

El magnate Donald Trump, precandidato republicano a la presidencia de EE.UU., afirma que adora las galletas Oreo, pero jura que no volverá a comerlas, debido a que Mondelez International, dueño de la reconocida marca, trasladará la producción de una planta en Chicago a México, informa Forbes.

“Amo las Oreo. Nunca las volveré a comer de nuevo”, dijo Trump en un evento en Alabama.

“México es la nueva China. No culpo a China, yo los respeto, no estoy enojado con ellos, estoy molesto con nuestros líderes por ser tan estúpidos”, añadió Trump.

El controvertido millonario, que actualmente lidera los sondeos de preferencia para la candidatura republicana, basa su campaña a la presidencia en la deportación de inmigrantes, y la construcción de una muralla a lo largo de la frontera con México. Además, promete volver a atraer las inversiones extranjeras y crear puestos de trabajo.

Leer Más