OPOSICIÓN APUESTA A LA TRISTEZA DE LOS VENEZOLANOS

Por Clodovaldo Hernández

¿FELIZ… QUIÉN ES FELIZ AQUÍ?

Altos analistas opositores llevan días tratando de demostrar que los venezolanos no somos felices un carrizo. Es un empeño antipático, pero alguien debe encargarse del trabajo desagradable, dicen los estrategas del antichavismo rabioso.

Un escuadrón de psicólogos, sociólogos, politólogos y, sobre todo, alegrólogos y tristólogos, creen que es básico convencer a la colectividad de que esto de la contentura general es otra patraña del rrrégimen. Más que básico, es imprescindible porque, vamos a ver, ¿si fuésemos así de felices, qué justificaría un viraje en el rumbo, ah? Conseguir los votos de una población indignada y sin esperanzas es tarea fácil, hasta un aprendiz de candidato puede lograrlo. ¿Pero cómo se le propone un drástico cambio de vida a una horda de felices?

Es menester, entonces, probar de manera irrefutable que los venezolanos, en realidad, estamos más tristes que Bambi el Día de la Madre.

Ese enfoque aguafiestas debe impregnar el mensaje electoral, dicen los expertos. La campaña ha de basarse en la tesis de que, diga lo que diga la Universidad de Columbia, la mayoría nacional está furiosa, apesadumbrada, nostálgica, amargada, y que, en el fondo, todos tenemos ganas de irnos, solo que algunos demasiado y otros un poquito. Eso, por supuesto, conduce a grandes dilemas porque desde tiempos de “ese hombre sí camina” y el pito de Piñerúa, acá las campañas son unas fiestas patronales que duran mínimo seis meses. Y, diga usted, ¿cómo hace uno para convidar a los panas a un “bonche” tan prolongado si se sabe de antemano que solo asistirá gente mal-humorada, atribulada y mustia? Para caricaturizarlo un poco, imagínese usted que llega a la casa de festejos y se encuentra en la puerta a la profesora que toma el café con amargo de Angostura, recitando su más reciente artículo sobre la caída del país a pedazos; o al doctor Covita, cuya extraña felicidad consiste en solazarse en los síntomas de una enfermedad. ¡Guillo!

Una gran muestra de las paradojas de este enfoque de campaña llegará tan pronto como el domingo. Para llenarle la plaza al candidato, los organizadores están haciendo llamados a que los militantes no se pasen la noche entera en la discoteca, ni se vayan -amanecidos- a seguir la rumba en la playa, costumbres bastante arraigadas en los antichavistas, a pesar de que ¡son tan infelices!

Además, la convocatoria debe generar una ola de contagioso entusiasmo para que esas personas se dispongan a hacer turismo de aventura en el centro de Caracas. Pero, ¡ojo!, las masas no pueden verse demasiado contentas porque eso abonaría la dictatorial tesis de la felicidad nacional. El eslogan parece ser: vamos con gran alegría a escuchar un triste discurso.

clodoher@yahoo.com

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