Capitalismo

#Opinión En esta nueva fase del capitalismo el producto eres tú

CBST Noticias.- ¿Ha pasado cerca de un centro comercial y recibe en su smartphone publicidad de alguna tienda ubicada en ese establecimiento? ¿Ha descargado música de alguna banda y su red social favorita le “sugiere” que la siga?

Uno de los atributos del capitalismo, en esta fase de decadencia, es la capacidad que tiene para hacer sentir libre a la gente más vigilada de la historia.

La inteligencia que apellida a cuanto aparato se inventa hoy trae, en letras pequeñas y numerosas, la condición de observar a su usuario.

De tal manera que televisores, relojes, monitores para corredores, teléfonos observan a quien hace uso “personalizado” de estos aparatos.

¿Delirios de Pedro Carreño?

Ah, de aquellos tiempos en los que era un chiste decir que al entonces diputado chavista Pedro Carreño se le ocurrió insinuar que los aparatos de televisión satelital nos espiaban, pocos años después el público se enteró de que televisores inteligentes espiaban las casas de su “dueños”.

La organización WikiLeaks, grupo de ciberactivistas fundado por el australiano Julian Assange, inició en 2017 la publicación de 8 mil 761 documentos procedentes de la unidad de ciberespionaje de la Agencia Central de Inteligencia estadounidense (CIA, por sus siglas en inglés), en la que trabajan unas 5 mil personas.

Refiere la filtración el caso del programa “Ángel que llora” (Weeping Angel), diseñado por las “televisiones inteligentes” de la empresa surcoreana Samsung. “Después de infectar [el aparato], ‘Weeping Angel’ pone a la televisión en un modo ‘off’ falso”, según la nota de prensa colgada por WikiLeaks en su web. Cuando está en modo “off” falso, la televisión parece apagada, pero no lo está. En vez de eso, “graba las conversaciones en la habitación y las envía a través de Internet a un servidor secreto de la CIA”.

Cuando en 2015 Samsung lanzó en Estados Unidos sus “televisores inteligentes”, con el eslogan “La tele nunca ha sido tan lista”, el gigante coreano ya advertía en el manual de instrucciones que “el dispositivo puede capturar órdenes orales” que Samsung podría “recolectar” y “transmitir (junto con información acerca del dispositivo, incluyendo la identificación de éste) a terceros”, incluso en el caso de que esos datos incluyeran “información personal o sensible”.

En la última generación de iPhones, Siri, el famoso asistente online de Apple, escucha siempre lo que se dice a su alrededor y lo envía a la sede de la empresa. Lo mismo que Alexa, el rival de Siri de Amazon.

Más capitalismo, pero ahora “de vigilancia”

Lo que algunos autores han bautizado como “capitalismo de vigilancia” es una fase del capitalismo en la que los medios de producción son las vidas personales y reposan sobre la infraestructura digital, ya no sobre un dueño concreto; la mano de obra es el usuario de aplicaciones, las propias vidas humanas (cuyo sentido es poder comprar, mayoritariamente) son los medios de producción que generan la verdadera materia prima: los datos personales.

Impuesto como un manto, ya el capitalismo no se basa solamente en la fuerza de trabajo de la clase trabajadora sino en la información que aporte cada individuo respecto a su sistema de toma de decisiones para votar, comprar, etc.

Bajo esta faceta del capital no solo se trata de concentrar capital, tierra y fuerza de trabajo sino datos personales como llave para amplificar dicha concentración sin dar la cara, al ejercer el monopolio del negocio digital de marcas como Google, Facebook, Apple y Amazon, que suman a todo tipo de compañías del entorno tradicional a su forma de hacer negocios.

Fórmula google: saber lo que te gusta (o no)

La fórmula Google tiene en su génesis a Sheryl Sandberg, encargada de la publicidad online, quien llegó a la conclusión de que combinando la información derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios, podían ofrecer un análisis muy interesante para que, con una predicción de quién necesitaba o deseaba qué, el anunciante supiera a quién dirigirse y qué venderle.

De esto habló en una entrevista con la BBC Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Harvard Business School quien acuñó el término “capitalismo de vigilancia”.

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Se diseminó entonces el modelo mediante el cual los datos se convirtieron en fuente de riqueza debido a que facilitaban las predicciones sobre comportamientos, lo que se traduce en ventas para anunciantes, aseguradoras, almacenes y hasta partidos políticos. Fue así como entre 2001 y 2004, los ingresos de Google crecieron casi un 3.600% y, a partir de marzo de 2008 cuando Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, se implanta el mismo modus operandi exitoso para las minorías megamillonarias.

En el negocio de las predicciones, cuya herramienta es el Big Data, la mano de obra es gratis; se trata de una minería en la que se extraen comportamientos, hábitos, deseos, miedos, sueños, proyectos, dudas… para ser vendidas a partir de un mito: el consentimiento del público poseedor.

Quien desea descargar algún contenido o programa gratuito acepta unos términos sin haberlos leído en profundidad o extraviado en una inaccesible jerga legislativa, técnica y conceptual, sus datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocerle mejor y obtener un perfil de cómo es el usuario.

“Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics.

Entre la adicción y el juego: La eterna adolescencia

Hay más. Llaneza agrega que “las aplicaciones están basadas en un inteligentísimo sistema de adicción y gamificación. Diseñan esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”.

Lograda la adicción, parece prácticamente imposible negarse a ceder la vida personal a cambio de la app del momento. Considera la experta que las personas no son inconscientes sino adictas, y que viven en un estado de infantilización ante la tecnología.

El modelaje de la adolescencia eterna, esa en la que se asocia juventud y consumo, y consumo con eternidad, desemboca en una fiebre que consiste en querer formar parte de lo último, recibir atención y no perderse de nada, de ahí que aplicaciones de moda como aquella que convertía rostros en obras de arte terminan creando modelos para el reconocimiento facial y sirviendo a la inteligencia artificial para que, en el futuro, le sean violados a las personas los derechos a la privacidad o a ser admitidos en algún sitio.

El engaño es doble: cuando el usuario entrega sus datos a cambio de servicios aparentemente inocentes, y cuando esos datos son después utilizados para elaborar un perfil cuya utilidad no solo pareciera ser comercial.

El ciclo de la adicción se intensifica mediante otra clave: la gratuidad de los servicios. Las apps gratuitas logran captar usuarios cual anzuelo y, a través de ellas, comienza la extracción de datos y, con ellos, la acumulación de comportamientos se convertirán en predicciones listas para ser transformadas en dinero.

¿Más libres o más vigilados?

Sistemas combinados de uso entre gadgets (equipos personalizados) recopilan datos que quedan guardados y se mezclan con los datos extraídos del smartphone para reportar un conocimiento de cada usuario desde diversos ángulos, que incluyen el entorno familiar. La conexión total se ha convertido en vigilancia total pero se vende (y experimenta) como libertad.

Analizando el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad en su libro La expulsión de lo distinto, el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín, dice: “En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”.

Agrega que la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”.

Por lo tanto no es el mismo sistema represivo de la sociedad disciplinaria: en la actualidad somos teledirigidos en función de nuestra misma aspiración social expresada en posts, tweets, etc. Alimentar ese ya no tan nuevo modo de producción tiene su costo para muchos y ganancia para pocos.

 

Fuente: Misión Verdad

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Atilio Borón

¿Fin de cuál ciclo? por Atilio Borón

CBST Noticias.- Fueron muchas y muchos los que a mediados de esta década y en coincidencia -¿casual, involuntaria?- con el despliegue de la ofensiva restauradora del imperio se apresuraron a anunciar el “fin del ciclo” progresista en Latinoamérica.

La derrota del kirchnerismo en el 2015 y el ilegal e ilegítimo derrocamiento de Dilma Rousseff en 2016 así como el grotesco juicio y encarcelamiento de Lula aparecían como signos inequívocos del inicio de un nuevo ciclo histórico.

Sólo que los profetas de esta epifanía jamás se aventuraron a arriesgar algo muy elemental: ¿qué venía después? Terminaba un ciclo, bien, pero: ¿quería esto decir que comenzaba otro? Silencio absoluto.

Dos alternativas. O bien adherían a las tesis de Francis Fukuyama sobre el fin de la historia, cosa absurda si las hay; o como los más audaces insinuaban, con fingida preocupación, estábamos al comienzo de un ciclo largo de gobiernos de derecha.

Digo fingida porque, hipercríticos con los gobiernos del ciclo supuestamente en bancarrota in pectore preferían la llegada de una derecha pura y dura que, supuestamente, acentuaría las contradicciones del sistema y mágicamente abriría la puerta a quien sabe qué … porque, sorprendentemente, ninguno de esos acerbos críticos del ciclo progresista hablaba de revolución socialista o comunista, o de la necesidad de profundizar la lucha antiimperialista.

Por lo tanto, su argumento meramente retórico y academicista moría en la mera certificación del presunto cierre de una etapa y nada más.

Ahora bien: todos esos discursos se derrumbaron abruptamente en las últimas semanas.

En realidad, ya venían cuesta abajo desde el inesperado triunfo de López Obrador en México y su tardía incorporación al “ciclo progresista”.

Su victoria demostraba que si bien herido seriamente éste no había muerto.

La debacle del macrismo y su casi segura derrota en las presidenciales de octubre de este año y la reciente revelación de las ilegales e inmorales argucias fraguadas entre el corrupto juez Sergio Moro y los fiscales del poder judicial brasileño para enviar a la cárcel a Lula asestan un duro golpe a los dos puntales sobre los cuales reposaba el inicio del supuesto ciclo “pos-progresista”.

En la Argentina los macristas esperan lo peor, sabiendo que sólo un milagro los salvaría de una derrota. Y Bolsonaro está al borde del abismo por la crisis económica del Brasil y por haber designado como super-ministro de justicia a un letrado inescrupuloso que da un rotundo mentís a su pretensión de ofrecer un gobierno transparente, impoluto, inspirado en los más elevados principios morales del cristianismo que le inculcaron los pastores de la iglesia evangélica cuando -apropiada y oportunísticamente- lo rebautizaron en el río Jordán como Jair “Mesías” Bolsonaro.

Las filtraciones de los chateos por WhatsApp y conversaciones entre Moro y los fiscales dadas a conocer por The Intercept , amén de las múltiples denuncias por corrupción en su contra y sus hijos, revelan que este santo varón llamado a lavar de sus pecados a la política brasileña no es otra cosa que el jefe de una banda delictiva, un impostor, un charlatán de feria, un energúmeno cuyos días en el Palacio del Planalto parecen estar contados.

Y mantener a Lula en prisión será cada día más difícil habida cuenta de la farsa jurídica perpetrada en su contra y ahora exhibida a plena luz del día. Y Lula libre es un peligro de marca mayor para el actual gobierno de Brasil.

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¿Se trata de que sólo Argentina y Brasil están incumpliendo con los pronósticos de los teóricos del “fin de ciclo”? No.

¿Qué decir del desastre colombiano, una verdadera “dictablanda” pseudoconstitucional donde según el tradicional periódico El Tiempo “durante los primeros 100 días de mandato del presidente Iván Duque se han registrado 120 asesinatos de líderes”, un baño de sangre comparable o peor que el de las dictaduras que asolaron países como Argentina, Brasil, Chile y Uruguay en los setentas y ochentas (https://www.eltiempo.com/colombia/otras-ciudades/el-mapa-de-los-lideres-sociales-asesinados-en-colombia-184408).

Y qué decir del caso del Perú, en donde todos sus ex presidentes desde 1980 (Alberto Fujimori, Alejandro Toledo, Ollanta Humala, Pedro Pablo Kuczynski y Alan García están presos, fugados o suicidados, lo que junto con la catástrofe colombiana y la deserción de México humedeció irreparablemente la poca pólvora que quedaba en manos del “Cartel de Lima” como lacayo regional del Calígula estadounidense.

Mismo el caso chileno no está exento de dudas toda vez que la deslegitimación de su sistema político ha llegado a niveles sin precedentes.

En efecto, ante la escandalosa capitulación de esa frágil democracia frente a los grandes intereses corporativos, en cuyo nombre exclusivamente se gobierna, la mayoría de la población adulta ha optado por el abstencionismo electoral con el consecuente vaciamiento del proyecto democrático.

En pocas palabras: lo que supuestamente vendría una vez consumado el agotamiento del “ciclo progresista” es por lo menos problemático y está muy lejos de constituir una alternativa superadora del “extractivismo” o el “populismo” que supuestamente habrían caracterizado los gobiernos precedentes.

Lo anterior no debe interpretarse como una aseveración de que el ciclo iniciado con el triunfo de Chávez en las presidenciales de diciembre de 1998 en Venezuela prosigue su marcha imperturbable. Mucho ha sufrido en los últimos tiempos.

El cambio en el clima económico internacional le juega en contra; la obra de destrucción llevada a cabo por Macri, Piñera, Duque, Bolsonaro y la infame traición de Moreno, esa verdadera “armada Brancaleone” que Trump y su predecesor instalaron en Latinoamérica, ha socavado muchos de los avances del pasado.

Pero la realidad es porfiada y un traspié no es derrota, como tampoco lo es un retroceso puntual. El viejo topo de la historia prosigue incansable su labor, favorecido por la exasperación de las contradicciones de un capitalismo cada vez más salvaje y predatorio.

La larga marcha por la emancipación de nuestros pueblos -que nunca fue lineal e invariablemente ascendente- sigue su curso y acabará por desalojar a esos gobiernos entreguistas, reaccionarios y cipayos que hoy agobian a Latinoamérica y nos avergüenzan ante el mundo. Y no habrá que esperar mucho para verlo.

 

Fuente: AVN

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Atilio Borón

En serio ¿Hay una revolución en Venezuela? por Atilio Borón

CBST Noticias.-  Un par de recientes viajes a España e Italia me ofrecieron la posibilidad de conversar con muchos intelectuales, académicos y políticos del menguante arco progresista que aun existe en esos países.

Luego de repasar la inquietante situación europea y el avance de la derecha radical mis interlocutores me pedían que les hablase de la actualidad latinoamericana, pues, me aseguraban, les costaba comprender lo que allí estaba ocurriendo.

Recogiendo el guante yo comenzaba por reseñar la brutal ofensiva restauradora del Gobierno de Donald Trump contra Venezuela y Cuba; proseguía pasando revista a la desgraciada involución política sufrida por Argentina y Brasil a manos de Mauricio Macri y Jair Bolsonaro y los alentadores vientos de cambio que provenían de México.

La centralidad de las próximas elecciones presidenciales que tendrían lugar en octubre en Argentina, Bolivia y Uruguay y finalizaba esta primera ojeada panorámica de la política regional denunciando la perpetuación del terrorismo de estado en Colombia, con cifras espeluznantes de asesinatos de líderes políticos y sociales que causaban sorpresa entre mis contertulios por ser casi por completo desconocidas en Europa, lo cual dice mucho acerca de los medios de comunicación ya definitivamente convertidos en órganos de propaganda de la derecha y el imperialismo.

Al detenerme para brindar información más pormenorizada sobre los criminales alcances de la agresión perpetrada en contra de la República Bolivariana de Venezuela siempre surgía, como si fuera un cañonazo, la siguiente pregunta: pero, dinos: ¿Se puede realmente hablar de una revolución en Venezuela?

Mi respuesta siempre fue afirmativa, aunque tenía que ser matizada porque las revoluciones -y no solo en Venezuela- siempre son procesos, nunca actos que se consuman de una vez y para siempre.

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Impresionado por una visita que hiciera a la Capilla Sixtina para contemplar, una vez más, la genial obra de Miguel Ángel se me ocurrió pensar que para muchos de mis interlocutores -y no solo europeos- la revolución es algo así como el pintor florentino representaba la creación del hombre o de los astros: Dios, con un gesto, una mirada ceñuda, un dedo que apunta hacia un lugar y ¡he ahí el hombre, allí está Júpiter, allá la revolución!

Esta suerte de “creacionismo revolucionario” sostenido con religioso ardor incluso por contumaces ateos -¡que en lugar de Dios instalan en su lugar a la Historia, con hache mayúscula, bien hegeliana ella!- contrasta con el análisis marxista de las revoluciones que desde Marx, Engels y Lenin en adelante siempre fueron interpretadas como procesos y jamás como rayos que caen en un día sereno para dar vuelta, irreversiblemente, una página de la historia.

Siguiendo con la analogía inspirada en la Capilla Sixtina uno podría decir que contra el “creacionismo revolucionario”, expresión de un idealismo residual profundamente anti-materialista, se impone el “darwinismo revolucionario”.

Es decir, la revolución concebida como un proceso continuo y evolutivo de cambios y reformas económicas, sociales, culturales y políticas que culminan con la creación de un nuevo tipo histórico de sociedad.

En otras palabras: la revolución es una larga construcción a lo largo del tiempo, en donde la lucha de clases se exaspera hasta lo inimaginable.

Un proceso que desafía al determinismo triunfalista de los «creacionistas» y que siempre se enfrenta a un final abierto, porque toda revolución lleva en su seno las semillas de la contrarrevolución, que solo puede ser neutralizada por la conciencia y la organización de las fuerzas revolucionarias.

Esta sería la concepción no teológica sino secular y darwinista -es decir, marxista de la revolución. Y no está demás, anticipándome a mis habituales críticos, recordar que no por casualidad Marx le dedicó el primer tomo de El Capital a Charles Darwin.

Las revoluciones sociales, por consiguiente, son acelerados procesos de cambio en la estructura y también, no olvidar esto, en la superestructura cultural y política de las sociedades. Procesos difíciles, jamás lineales, siempre sometidos a tremendas presiones y debiendo enfrentar obstáculos inmensos de fuerzas domésticas pero sobre todo del imperialismo estadounidense, guardián último del orden capitalista internacional.

Esto ocurrió con la Gran Revolución de Octubre, y lo mismo con las revoluciones en China, en Vietnam, en Cuba, en Nicaragua, en Sudáfrica, en Indonesia, en Corea.

La imagen vulgar, desgraciadamente dominante en gran parte de la militancia y la intelectualidad de izquierda, de una revolución como una flecha que sube a los cielos del socialismo en línea recta es de una gran belleza poética pero nada tiene que ver con la realidad.

Las revoluciones son procesos en donde las confrontaciones sociales adquieren singular brutalidad porque las clases e instituciones que defienden el viejo orden apelan a toda clase de recursos con tal de abortar o ahogar en su cuna a los sujetos sociales portadores de la nueva sociedad.

La violencia la imponen los que defienden un orden social inherentemente injusto y no los que luchan por liberarse de sus cadenas.

Eso lo estamos viendo hoy en Venezuela, en Cuba y en tantos otros países de Nuestramérica.

Dicho lo anterior, ¿cuál fue mi respuesta a mis interlocutores?

Sí, hay una revolución en marcha en Venezuela y la mejor prueba de ello, la más rotunda, es que las fuerzas de la contrarrevolución se desataron en ese país con inusitada intensidad. Una verdadera tempestad de agresiones y ataques de todo tipo, que solo pueden comprenderse como la respuesta dialéctica a la presencia de una revolución en vías de construcción, con sus inevitables contradicciones.

Es por eso que un test infalible para saber si en un país hay un proceso revolucionario en curso lo brinda la existencia de la contrarrevolución, es decir, de un ataque, abierto o solapado, más o menos violento según los casos, destinado a destruir un proceso que algunos “doctores de la revolución” consideran como un inofensivo reformismo o a veces ni siquiera eso.

Pero los sujetos de la contrarrevolución y el imperialismo, como su gran director de orquesta, no cometen tan gruesos errores y con certero instinto procuran por todos los medios poner fin a ese proceso porque saben muy bien que, cruzada una delgada línea de no retorno, el restablecimiento del viejo orden con sus exacciones, privilegios y prerrogativas sería imposible.

Aprendieron de lo ocurrido en Cuba y no quieren correr el menor riesgo.

¿Es una revolución aún inconclusa la que hay en Venezuela? Sin dudas. ¿Enfrenta gravísimos desafíos por las presiones del imperialismo y por déficit propios, por el cáncer de la corrupción o por algunas políticas gubernamentales mal concebidas y peor ejecutadas? Indudable.

Pero es un proceso revolucionario que tendencialmente apunta hacia un final que es inaceptable para la derecha y el imperialismo, y por eso se lo combate con saña feroz.

En Colombia, en cambio, las fuerzas de la contrarrevolución actúan de la mano del Gobierno para tratar de aplastar a la revolución en ciernes que se agita del otro lado de la frontera.

¿Están aquellas fuerzas operando para derrocar a los gobiernos de Honduras, Guatemala, Perú, Chile, Argentina, Brasil? No, porque en estos países no existen gobiernos revolucionarios y por lo tanto el imperio y sus peones se desviven por apuntalar esos pésimos gobiernos.

¿Operan en contra de Venezuela? Sí, y con el máximo rigor posible, aplicando todas y cada una de las recetas de las guerras de V Generación, porque saben que allí sí se está gestando una revolución.

¿Y por qué tanto encono en contra del Gobierno de Nicolás Maduro? Fácil: porque Venezuela posee la mayor reserva petrolera del planeta y es junto a México uno de los dos países más importantes del mundo para Estados Unidos, aunque sus diplomáticos y sus paniaguados de la Academia y los medios rechacen con burlas este argumento.

Es ocioso enfadarse con ellos porque esa gente simplemente está cumpliendo el papel que les fuera asignado y por el cual son generosamente recompensados.

Venezuela tiene más petróleo que Saudiarabia, y además muchísima más agua, minerales estratégicos y biodiversidad. Y además, todo a tres o cuatro días de navegación de los puertos estadounidenses.

Y México también tiene petróleo, agua (sobre todo el acuífero de Chiapas), grandes reservas de minerales estratégicos y, como si lo anterior fuera poco, es país fronterizo con Estados Unidos.

Un imperio que se cree inexpugnable al estar protegido por dos grandes océanos pero que se siente vulnerable desde el sur, donde una extensa frontera de 3.169 kilómetros es su irremediable talón de Aquiles que lo coloca frente a frente con una Latinoamérica en perpetuo estado de fermentación política en pos de su segunda y definitiva Independencia.

De ahí la importancia absolutamente excepcional que tienen esos dos países, cuestión esta incomprensiblemente subestimada aun por gentes de izquierda ¿Y Cuba? ¿Cómo explicar los más de 60 años de ensañamiento en contra de esta heroica isla rebelde? Porque ya desde 1783 John Adams, segundo presidente de Estados Unidos, reclamaba en una carta desde Londres (donde había sido enviado para restablecer los lazos comerciales con el Reino Unido) que dada la gran cantidad de colonias que la Corona británica poseía en el Caribe había que anexar sin más demora a Cuba a los efectos de controlar la puerta de entrada a la cuenca caribeña.

Cuba, excepcional enclave geopolítico, es una vieja y enfermiza obsesión estadounidense que arranca muchísimo antes que el triunfo de la Revolución Cubana.

Pero la ofensiva contrarrevolucionaria no se detiene en los tres países arriba nombrados.

También arrecia contra el Gobierno de Evo Morales en Bolivia, que logró una prodigiosa transformación económica, social, cultural y política convirtiendo a uno de los tres países más pobres del hemisferio occidental (junto a Haití y Nicaragua) en uno de los más prósperos y florecientes de la región, según atestiguan organismos tales como la Cepal, el Banco Mundial o la prensa financiera mundial.

Recuperó el control de sus riquezas naturales, sacó a millones de la pobreza extrema y, además, lo hizo con Evo Morales, un miembro de una de sus etnias originarias fungiendo como Presidente, un logro histórico sin parangón en esta parte del mundo.

Y Nicaragua también está en la línea de fuego, porque por más defectos o errores que pueda tener la Revolución Sandinista la sola presencia de un gobierno que no esté dispuesto a ponerse de rodillas frente al Calígula americano (como hacen Macri, Bolsonaro, Duque y compañía) es más que suficiente para desatar todas las furias del infierno en contra de su gobierno.

Y, además, está la crucial -en términos geopolíticos- cuestión del nuevo canal bioceánico que podrían construir los chinos y que constituye un verdadero escupitajo en el rostro de quienes se reapoderaron del Canal de Panamá y lo saturaron, otra vez, con bases militares prestas a sembrar muerte y destrucción en nuestros países.

Termino recordando una sabia frase de Fidel cuando dijo que “el principal error que cometimos en Cuba fue creer que había alguien que sabía como se hacía una revolución”. No hay un manual ni un recetario. Son procesos en curso.

Hay que fijar la vista no solo el momento actual, en los desconcertantes relámpagos de la coyuntura que hoy agobian a Venezuela, sino también visualizar la dirección del movimiento histórico y tener en cuenta todas sus contradicciones.

Al hacer esto, no cabe duda que en Venezuela se está en medio de un convulsionado proceso revolucionario que, ojalá, y «por el bien de todos», como decía Martí, termine prevaleciendo sobre las fuerzas del imperio y la reacción.

Nuestra América necesita esa victoria. Todo esfuerzo que se haga para facilitar tan feliz desenlace será poco.

 

Fuente: Rebelión

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